domingo, 5 de febrero de 2012

¿Soy o no soy masoquista?

A veces me asombra la facilidad con la cual, ciertos profesionales, diagnostican aplicando términos de libro de texto, los cuales, más que explicar cierto comportamiento asumido por el paciente, lo denigra sin ayudarlo. Hace poco, llegó a mí consultorio, una dama cincuentona, que comenzaba a padecer una alarmante depresión. Sostenía una relación enfermiza con el hombre con el que estaba casada desde hacía treinta años, aceptando un sistemático vapuleo psicológico, del cual ni conciencia tenía. Según ella, el esposo poseía “un carácter fuerte”, que siempre había admitido, puesto que así son ciertos hombres. A pesar de las conquistas de las mujeres, vivimos en una cultura donde, exceptuados muy pocos ejemplos, los hombres son lo que mandan, y la pobre se había sometido toda la vida al esposo, aceptando estoicamente su mal carácter y su maltrato verbal. Aunque a muchos les puede parecer exagerado, les puedo asegurar que un gran porcentaje de mujeres ceden frente a tal situación, y viven relaciones desquiciadas donde predomina el hábito de la agresión, sin tener el coraje de ponerle punto final.
Llorando, me dijo entre otras cosas que el psiquiatra donde la había llevado la hija, le diagnosticó una “conducta masoquista”. La pobre mujer, que asociaba tal conducta con mujeres vestidas de cuero y látigo en mano, se preguntaba asustada si no tendría algún grave y vergonzoso trastorno del cual no tenia conciencia. (Según definición del diccionario, masoquistas son los buscadores del dolor, porque disfrutan con él)
Mantuve bajo control mi justificada indignación, y le expliqué que éstos eran términos que a veces se utilizaban a la ligera. Le hice entender que, culturalmente, las mujeres tendemos a callar y aceptar, y ella no era la excepción. Obviamente, era un error que debía corregir, pero esto no significaba que sufría alguna perturbación psíquica.
La práctica de tachar como masoquistas a las mujeres que participan en relaciones enfermizas ha sido durante mucho tiempo una salida oportuna para la psicología y la cultura. Se trata de un intento muy cómodo, de explicar por qué muchas mujeres caen en un comportamiento de abnegación y sumisión en sus relaciones con los hombres. Al ser educadas, las mujeres aprendemos desde muy temprano ese comportamiento, y por él se nos elogia y recompensa. Pero ¿cómo justificar esta paradoja? Pues el comportamiento que hace de una mujer un ser vulnerable a los malos tratos es el mismo que le han enseñado desde que tiene uso de razón, como femenino y elogiable. El concepto de masoquismo es muy peligroso porque confirma que «eso es lo que realmente quieren ellas», y así se justifica la agresión. La costumbre de asustar a un ´paciente por medio de términos altisonantes, utilizados para expresar sabiduría, debe ser cambiada por explicaciones sencillas y coherentes. En este caso, con analizar un poco la educación conservadora de la señora, resultó muy sencillo comprender por qué soportaba el trato demoledor del marido. No resultó tan sencillo restaurar su autoestima y hacerle comprender que ella y solo ella podía cambiar la situación, pero se logró. Reforzada por la terapia, un buen día se giró hacia el marido y cortó en seco el monólogo de insultos con un cortante ¡basta! Luego, manteniendo bajo control la ira, le soltó todo lo que había acumulado durante treinta años. El hombre quedó tan sorprendido, que al momento no pudo ni reaccionar. Lo hizo luego, obviamente, pero el primer paso estaba dado, y ella le mantuvo cabeza valientemente, y con el tiempo, hasta llegó a sugerir una separación. Inteligentemente, él comprendió que algo muy grave amenazaba la comodidad de su inminente viejez, y comenzó a cambiar actitud. Han pasado dos años desde que conocí a esta dama, y hoy día ella y el esposo gozan de una relación bastante equilibrada, ya que él comprendió que no podría seguir maltratándola sin perderla.