miércoles, 16 de marzo de 2011

La muerte: un renacer

Amigos lectores, quiero compartir con ustedes este hermoso extracto de un libro de la Dra. Elisabeth Kubler Ross “La muerte, un amanecer”. Para quién no la conocen, la Dra. Kubler Ross goza de una gran reputación en el campo de la tanatología, al punto de que sus libros se han convertido en obras de imprescindible consulta para médicos y enfermeras.
Admirada y respetada, no hay seguramente en el mundo una personalidad científica a quien se le hayan otorgado tantos títulos de doctor honoris causa.
Kübler-Ross permaneció cientos de horas junto al lecho de enfermos moribundos, cuyos comportamientos, anotados minuciosamente, describe en los varios libros que publicó.


“Quisiera explicarte muy someramente lo que cada ser humano va a vivir en el momento de su muerte. Esta experiencia es general, independien¬te del hecho de que se sea aborigen de Australia, hindú, musulmán, creyente o ateo.
La experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento a otra existencia que puede ser probada de manera muy sencilla. Durante dos mil años se ha invitado a la gente a «creer» en las cosas del más allá. Para mí esto no es un asunto más de creencias sino un asunto del co¬nocimiento. Te diré con gusto cómo se obtiene ese conocimiento siempre que quieras saberlo. Pero el no querer saberlo no tiene ninguna importancia porque cuando hayas muerto lo sabrás de todas maneras,

En el momento de la muerte hay tres etapas. Con el lenguaje que utilizo en el caso de los niños moribundos de muy corta edad, digo que la muerte física del hombre es idéntica al abandono del capu¬llo de seda por la mariposa. El capullo puede compararse a un cuerpo hu¬mano, pero no es idéntico a tu ser real, sino que se trata solamente de la casa donde vives un tiempo. Morir significa, simplemente, mudarse a una casa más bella, ha¬blando simbólicamente, se sobreentiende. Desde el momento en que el capullo de seda se deteriora irreversiblemente, va a li¬berar a la mariposa, es decir, a tu alma.
En la segunda etapa estarás provisto de ener¬gía psíquica. Desde que tu alma abandona el cuerpo, advertirás enseguida que estás dotado de capacidad para ver todo lo que ocurre en el lu¬gar de la muerte, en la habitación del enfermo, en el lugar del accidente o allí donde has dejado tu cuerpo.
Estos acontecimientos no se perciben ya con la conciencia mortal, sino con una nueva percepción.
Mucha gente abandona su cuerpo en el trans-curso de una intervención quirúrgica y observa, efectivamente, dicha intervención. Todos los mé-dicos y enfermeras deben tener conciencia de este hecho. Eso quiere decir que en la proximidad de una persona inconsciente no se debe hablar más que de cosas que esta persona pueda escuchar, sea cual fuere su estado. Es triste lo que a veces se dice en presencia de enfermos inconscientes, cuando éstos pueden oírlo todo.
También es necesario que sepas que si te acercas al lecho de tu padre o madre moribun¬dos, aunque estén ya en coma profundo, ellos oyen todo lo que les dices, y en ningún caso es tarde para expresar «lo siento», «te amo», u alguna otra cosa que querrás decirles. Nunca es demasiado tarde para pronunciar estas palabras, aunque sea des¬pués de la muerte, ya que las personas fallecidas si¬guen oyendo. Incluso en ese mismo momento po¬déis arreglar «asuntos pendientes», aunque éstos se remonten a diez o veinte años atrás. Podrás libera¬rte de tu culpabilidad para poder volver a vi¬vir en libertad.
En esta segunda etapa, los ciegos pue¬den ver, los sordos o los mudos oyen y hablan otra vez. Una de mis enfermas que tenía esclerosis en placas, dificultades para hablar, y que sólo podía desplazarse utilizando una silla de ruedas, lo pri-mero que me dijo al volver de una experiencia en el umbral de la muerte fue: «Doctora Ross, ¡yo podía bailar de nuevo!»,
En un proyecto de investigación, participaron ciegos que no habían tenido ni siquiera percepción luminosa desde diez años an¬tes, por lo menos. Y estos ciegos, que tuvieron una experiencia cercana a la muerte y volvieron, pudieron de¬cirnos con detalle los colores y las joyas que lleva¬ban los que los rodeaban en aquel momento, así como el detalle del dibujo de sus jerséis o corbatas. Es obvio que ahí no podía tratarse de visiones.
En esta segunda etapa os dais cuenta también de que nadie puede morir solo, porque la gente que ha muerto antes que vosotros y a la que amasteis os espera siempre.
Lo que la Iglesia enseña a los niños pequeños so¬bre su ángel guardián está basado en estos hechos, ya que está probado que cada ser viene acompa¬ñado por seres espirituales desde su nacimiento hasta su muerte. Cada hombre tiene tales guías, lo creas o no, y el que seas judío, católico o no tengas religión no tiene ninguna importancia. Pues este amor es incondicional y es por eso que cada hombre recibe el regalo de un guía. Los niños pe¬queños los llaman «compañeros de juego». Así ocurrió con una anciana que al morir me dijo: «Ahí está de nuevo». Y sabiendo yo de lo que ella hablaba, le pedí que me partici¬para lo que acababa de vivir: «¿Sabe usted?, cuando yo era pequeña, él siempre estaba conmigo, pero lo había olvidado completamente». Al día siguiente moría contenta de saber que alguien que la había querido mucho la esperaba de nuevo.
En general, los que nos están esperando del otro lado, son los que más nos aman. Siempre los encontraremos en primer lu¬gar. En el caso de los niños pequeños, de dos o tres años por ejemplo, cuyos abuelos, padres y otros miembros de la familia aún están con vida, es su án¬gel de la guarda personal quien generalmente los acoge; o bien son recibidos por Jesús u otro perso¬naje religioso. Yo nunca he tenido la experiencia de que un niño protestante, en el momento de su muerte, haya visto a María, mientras que ella es percibida por numerosos niños católicos. Aquí no se trata de una discriminación, sino de que son es¬perados en el otro lado por aquellos que tuvieron para ellos la mayor importancia.
Después de realizar en esta segunda etapa la in-tegridad del cuerpo y después de haber reencon-trado a aquellos a los que más se ama, se toma con¬ciencia de que la muerte no es más que un pasaje hacia otra forma de vida. Se han abandonado las formas físicas terrenales porque ya no se las nece¬sita, y antes de dejar nuestro cuerpo para tomar la forma que se tendrá en la eternidad, se pasa por una fase de transición totalmente marcada por fac¬tores culturales terrestres. Puede tratarse de un pa¬saje de un túnel o de un pórtico o de la travesía de un puente.
Después de realizado este pasaje, una luz brilla al final. Y esa luz es más blanca, es de una claridad absoluta, y a medida que te aproximas a esta luz, te sentirás lleno del amor más grande, indescriptible e incondicional te puedas imaginar. No hay palabras para describirlo.
Cuando alguien tiene una experiencia del um-bral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy brevemente. Es necesario que vuelva rápidamente a la tierra, pero cuando uno muere —quiero decir, morir definitivamente— este contacto entre el ca¬pullo de seda y la mariposa, podría compararse al cordón umbilical («cordón de plata»)* que se rompe. Después ya no es posible volver al cuerpo terres¬tre, pero de cualquier manera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver. Frente a esta luz, te das cuenta por primera vez de lo que el hombre hu-biera podido ser. Vives la comprensión sin juicio, vives un amor incondicional, indescriptible. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, se comprende que la vida aquí abajo no es más que una escuela para aprender ciertas cosas y pasar ciertos exá¬menes Si terminado el programa lo aprobamos, entonces podemos entrar.
Muchos preguntan: «¿Por qué niños tan bue¬nos deben morir?». La respuesta es sencillamente que esos niños han aprendido en poco tiempo lo que debían aprender. Y según las personas se tratará de cosas diferentes, pero hay algo que cada uno debe aprender antes de poder volver al lugar de donde vino, y es el amor incondicional. Eso es el más importante de los exámenes.
En esta Luz, en presencia de Dios, de Cristo, o cualquiera que sea el nombre con que se le deno¬mine, debes mirar toda tu vida terrestre, desde el primero al último día de la muerte.
Volviendo a ver como en una revisión la propia vida, ya estás en la tercera etapa. Ahora posees el conocimiento. Cono¬ces exactamente cada pensamiento que tuviste en cada momento de tu vida, conoces cada acto y cada palabra que pronuncias¬te.
Esta posibilidad de recordar no es más que una ínfima parte de tu saber total. Pues en el mo-mento en que contemplas una vez más toda tu vida, interpretarás todas las consecuencias que han resultado de cada uno de tus pensamientos, palabras y actos.
Dios es el amor incondicional. Después de esta «revisión» de tu vida, no será a Él a quien harás responsable de tu destino. Te darás cuenta de que tú mismo fuiste tú peor enemigo. Ahora sabes que cuando tu casa ardió, que cuando tu hijo murió, o cuando te quedaste sin trabajo o sin pareja, todos estos golpes representaron oportunidades para crecer en comprensión, en amor, en todo aquello que aún debemos aprender. Hemos sido creados para una vida sencilla, be¬lla, maravillosa…
Morir no debe significar nunca padecer el dolor. En la actualidad la medicina cuenta con medios adecuados para im¬pedir el sufrimiento de los enfermos moribundos. Si ellos no sufren, si están instalados cómoda¬mente, si son cuidados con cariño y si se tiene el coraje de llevarlos a sus casas, entonces nadie protestará frente a la muerte. Ningún moribundo os pedirá una inyección si lo cuidáis con amor y si le ayudáis a arreglar sus problemas pendientes,
Para terminar quisiera aseguraros que estar senta¬do junto a la cabecera de la cama de los moribundos es un regalo, y que el morir no es necesariamente un asunto triste y terrible. Por el contrario, se pue¬den vivir cosas maravillosas y encontrar muchí¬sima ternura. Si transmitís a vuestros hijos y a vuestros nietos, así como a los vecinos, lo que ha¬béis aprendido de los moribundos, este mundo será pronto un nuevo paraíso. Yo pienso que ya es hora de poner manos a la obra.